miércoles, 3 de octubre de 2012

Prólogo


PRÓLOGO

 

Cuando era niño y había tenido un mal día, por la noche cerraba los ojos y ahondaba en mi mente hasta que él aparecía.

Se manifestaba siempre sobre una gran roca, cubierto tan solo por una túnica y rodeado de una luz blanca. Era delgado y de tez amable, con ojos dulces como la miel caliente. Esperaba que yo le contase lo ocurrido y, muy tiernamente, me aconsejaba que tuviera paciencia. Pensé que esa figura era Jesús de Nazaret, supongo que contaminado por mi educación cristiana. Al cabo de los años me di cuenta de que ese ser existía y deseé que ojalá otros humanos pudieran oír sus palabras y sabios consejos.

A mis cincuenta años apareció como hombre y tal cual la garra de un gran felino arrancó al exterior esos sentidos dormidos que tenemos, un olfato que te envuelve con el aroma de la tierra despertando por la lluvia, un oído que nos anuncia el verano con el sonido de los grillos, un gusto de ese postre casero hecho con todo el amor del mundo, y ese tacto de las manos de piel arrugada y manchada de tus padres que tanto te acunaron y que ahora acunas tú.

Es él quien se ha confiado ahora a mí. Soy yo quien debe ayudarle. Voy a estar a su lado hasta el final. Otros lo conocieron y solo se aprovecharon de sus conocimientos, de su poder. Yo le sigo amando como cuando era niño; siempre que le necesité estuvo en mi mente aconsejando lo correcto. Soy de los pocos que le comprende, le apoya y le quiere.

Nunca abandonaré a Yrfo. Él nunca lo hizo conmigo.

 

John Dumont, Toronto, abril de 2007

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