PRÓLOGO
Cuando
era niño y había tenido un mal día, por la noche cerraba los ojos y ahondaba en
mi mente hasta que él aparecía.
Se
manifestaba siempre sobre una gran roca, cubierto tan solo por una túnica y
rodeado de una luz blanca. Era delgado y de tez amable, con ojos dulces como la
miel caliente. Esperaba que yo le contase lo ocurrido y, muy tiernamente, me
aconsejaba que tuviera paciencia. Pensé que esa figura era Jesús de Nazaret,
supongo que contaminado por mi educación cristiana. Al cabo de los años me di
cuenta de que ese ser existía y deseé que ojalá otros humanos pudieran oír sus
palabras y sabios consejos.
A
mis cincuenta años apareció como hombre y tal cual la garra de un gran felino
arrancó al exterior esos sentidos dormidos que tenemos, un olfato que te
envuelve con el aroma de la tierra despertando por la lluvia, un oído que nos
anuncia el verano con el sonido de los grillos, un gusto de ese postre casero
hecho con todo el amor del mundo, y ese tacto de las manos de piel arrugada y
manchada de tus padres que tanto te acunaron y que ahora acunas tú.
Es
él quien se ha confiado ahora a mí. Soy yo quien debe ayudarle. Voy a estar a
su lado hasta el final. Otros lo conocieron y solo se aprovecharon de sus
conocimientos, de su poder. Yo le sigo amando como cuando era niño; siempre que
le necesité estuvo en mi mente aconsejando lo correcto. Soy de los pocos que le
comprende, le apoya y le quiere.
Nunca
abandonaré a Yrfo. Él nunca lo hizo conmigo.
John
Dumont, Toronto, abril de 2007
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